Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Sofía
Esa misma noche lo acompañé a una gala benéfica en un hotel elegante del centro de Barcelona, Alejandro me mandó un mensaje a las seis, "bajo en diez minutos", contesté, me había comprado el vestido por la tarde, me lo envió con un mensajero en una caja negra con lazo.
Lo abrí y me quedé mirando la etiqueta, costaba más que el alquiler de mi piso de un año entero, era color rojo intenso, ajustado, con escote en V no muy profundo, pero que mostraba lo necesario. Me lo puse, me quedaba bien, me hacía sentir guapa, aunque no evitaba que me sintiera nerviosa, me maquillé, elegí un color rojo para los labios para combinar, y bajé en cuanto me avisó.
Un Audi negro estaba en la puerta, subí al asiento del copiloto, él se me quedó viendo, me recorrió de arriba abajo.
—Estás guapa —dijo, y arrancó sin decir más.
No hablamos mucho en el camino, yo concentré mi mirada en la ventanilla, fingiendo mirar el paisaje, me sentía nerviosa y me sudaban un poco las manos. Era la primera vez que fingíamos delante de la gente, con cámaras y todo.
Llegamos al hotel, había una alfombra roja en la entrada y periodistas a los lados con cámaras, grabando, nada más bajar del coche, los flashes empezaron, no estaba acostumbrada, me cegaron un poco, Alejandro me cogió de la mano.
—A partir de ahora sonríe y agárrate a mi brazo —susurró, poniéndose a mi lado.
Hice lo que me pedía, sonreí y me agarré a su brazo, caminamos despacio por la alfombra. Los periodistas gritaban.
—¡Alejandro! ¡Quién es ella!
—¡Mira aquí! ¡Sonríe!
Él me pasaba la mano por la cintura, me acercaba a él para las fotos, me besaba la frente un par de veces, yo sonreía todo el rato, posaba con la cabeza un poco ladeada como había visto en revistas, parecíamos una pareja normal.
Dentro, el salón estaba lleno de gente de apariencia elegante, los camareros pasaban con bandejas con copas de champagne, charlé con gente que no conocía, con inversores, con mujeres que elegantes.
Todos preguntaban cómo nos habíamos conocido, Alejandro contestó por los dos: "Nos presentó un amigo común", yo asentí y sonreí, me tomé algunas copas de champán para calmar los nervios. Nos tomaron fotos todo el rato, él abrazándome, yo apoyada en su hombro, los periodistas se volvían locos sacando fotos cuando nos besábamos en la mejilla o en la frente.
Al final, cuando salimos, ya en el coche, Alejandro arrancó y me miró de reojo.
—Buen trabajo —dijo— mañana saldremos en todas las portadas, lo has hecho bien.
Al principio fue fácil, los días siguientes fueron como vivir en una burbuja, fuimos a desayunar en el Ritz, él pidió una mesa junto a la ventana que daba a la calle, para que nos miraran, él pidió un café negro y tostadas, yo zumo y croissants.
Él leyó el periódico y revisó su teléfono, yo tomé mi café mientras miraba a la gente pasar afuera, hablábamos sobre cosas normales, sobre el tiempo, y sobre lo qué íbamos a hacer ese día. Parecíamos una pareja verdadera.
Después paseamos por el Born, cogidos de la mano, parábamos en algunas tiendas, y mirábamos escaparates. Él insistía en comprarme algunas cosas, un día entramos en una boutique en Paseo de Gracia, miré un bolso negro pequeño.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí, pero es caro —¡vaya que lo era!
—Lo llevo —dijo al dependiente.
Pagó con la tarjeta sin siquiera voltear a ver el precio, salimos con la bolsa en mi mano. Otro día fue un collar de plata con una piedra azul. "Para que combines con el vestido azul", dijo. Yo cancelaba citas de escort una tras otra, hasta que colgué un mensaje, "Estoy ocupada indefinidamente". El dinero entraba de Alejandro, sin tener que ver caras que me daban asco.
Pero Alejandro era celoso hasta con el aire, lo noté poco a poco.
Una noche, lo acompañé a una cena con inversores en un restaurante de un hotel del puerto, todos eran hombres de negocios, hablaron de tratos y dinero, yo estaba sentada al lado de Alejandro, sonriendo, un camarero joven, de poco más de veinte años, me sirvió el vino y me sonrió, le devolví la sonrisa por educación, nada más.
La cena acabó normal, pero en el ascensor del hotel, Alejandro me estampó contra la pared de pronto, me agarró por la barbilla muy fuerte, y me obligó a mirarlo.
—¿Te ha gustado que te mirara ese niñato? —gruñó, por el tono de su voz me di cuenta de que estaba cabreado.
—Era un puto camarero —dije, intentando que me soltara— solo me sirvió el vino.
—No me gusta que te miren —dijo, sus ojos se habían tornado oscuros— nadie debe mirarte, solo yo.
Y me besó tan fuerte que me dejó los labios hinchados.
Eso no era parte del contrato, besos en público sí, pero esto era diferente, pero no me aparté, sentí algo raro en el estómago.
Esa noche, en su ático, sucedió.
Llegamos tarde, él cerró la puerta y se me quedó mirando, me tomó de la mano y me llevó directo a la habitación, me quitó el vestido de un tirón, lo aventó al suelo.
—Dime que pare si no quieres —susurró, con voz ronca, cerca de mi oreja.
No dije nada, porque la verdad era que quería que siguiera.
Me puso de rodillas en la alfombra, me agarró por el pelo, dominante, me dió órdenes en voz baja, yo lo obedecí en todo, me gustaba, y me excitaba su forma de ser.
Me levantó y me llevó hasta la cama, se quitó la ropa, me acostó y se metió entre mis piernas, quitándome as bragas, gruñó cerca de mi oído, "eres mía". En un momento sentí un pinchazo agudo dentro, como si algo se rompiera. Apreté los labios para no gritar, me dolía, pero no quise que parara, seguí moviéndome con él.
Cuando terminó, se quedó un segundo más dentro, respirando cerca de mi cuello, luego se salió, se paró y se fue al baño sin decir nada, sin mirarme.
Yo me quedé jadeando en la cama, las piernas me temblaban, sentí mis muslos húmedos. Me toqué con la mano y vi que tenía sangre, había sido mi primera vez. Con él, el hombre que me pagaba por fingir ser su novia.
Me quedé allí un rato, mirando el techo, me dolía un poco entre las piernas, pero también me sentía como si hubiera pasado algo importante. Me tapé con la sábana y me quedé dormida.
A la mañana siguiente me desperté sola, él ya no estaba, al voltear, en la mesilla vi que había una nota doblada y un sobre.
Tomé la nota para leerla.
“Vaya sorpresa, la escort de lujo era virgen, quien lo diría.
Aquí tienes 25 000 de bonus por estrenarte conmigo.
Disfrútalo, preciosa.
A.”
Leí la nota dos veces, sentí mi corazón encogerse, me sentí como una m****a. Para Alejandro yo no era nada, solo una cosa que había comprado, un juego. Me metí en la ducha y estuve mucho rato bajo el agua caliente, frotándome, como si así pudiera borrar lo de anoche. Pero no pude. Y lo peor era que me había gustado, y mucho.







