Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Sofía
Después de la nota y los veinticinco mil euros, algo se rompió dentro de mí; era por la forma en que me lo había dicho, como si mi primera vez fuera un trofeo que había ganado él, me sentí sucia, usada, y encima agradecida porque me pagaba bien, esa mezcla de emociones me daba asco.
Los días siguientes fueron intensos.
Alejandro era un puto imán para mujeres, además de ser el CEO joven de una cadena de hoteles de lujo y clubes nocturnos de alto nivel (el típico millonario que sale en Forbes España y en las revistas del corazón), tenía fama de playboy, había fotos suyas en yates, en fiestas de Ibiza, con modelos colgadas del brazo. Las tías lo seguían como locas.
Una tarde, en la gala de una marca de relojes, una chica de veintitantos se coló por la zona VIP, llevaba un sobre color rosa, se lo entregó al de seguridad y le dijo:
—Dile a Alejandro que son mis bragas favoritas, me las acabo de quitar ahora mismo. Y que su novia es una zorra que no lo merece.
El de seguridad me miró de reojo y le dio el sobre a Alejandro delante de mí, él se rió, abrió el sobre, tomólas bragas y me miró.
—¿Celosa?
Yo sonreí, pero por dentro me daban ganas de vomitar.
Al día siguiente, en el coche, le enseñé mi teléfono.
—Mira esto.
Había entrado en un foro de fans de Alejandro, un hilo tenía más de tres mil comentarios:
“Ojalá la novia esa desaparezca.”
“Yo la mato y ocupo su sitio, total nadie la echaría de menos.”
“Es una cazafortunas, se le nota en la cara de puta.”
“Si la veo por la calle le echo ácido.”
Había fotos mías sacadas de mis redes sociales, con ojos tachados, con cuchillos dibujados, incluso una tía había puesto hasta mi dirección antigua.
Alejandro leyó dos segundos y cerró la pantalla.
—Son cuatro locas, no pasa nada.
—¿Cuatro locas? ¡Hay tres mil comentarios, Alejandro!
—Nadie va a tocarte, tengo seguridad.
Y me besó como si con eso se arreglara todo, pero los celos de él eran peores cada día.
En una cena con inversores, un amigo suyo de la universidad, Manú, me dio dos besos en la mano al saludarlo, y me dijo que estaba guapísima, fue normal, educado.
En el coche de vuelta, de pronto Alejandro me agarró del cuello.
—¿Qué coño ha sido eso con Manú?
—¿El qué?
—Te ha mirado el escote todo el rato.
—¡Estaba hablando conmigo!
—No me gusta, la próxima vez te pones un saco.
Llegamos al ático y me folló contra la puerta de entrada, lo hizo fuerte, casi con rabia. Después me dejó tirada en el suelo y se metió en la ducha.
Dos días después salí sola a comprarle un regalo de cumpleaños (sí, aún intentaba ser buena novia falsa) me siguió un coche negro dos manzanas, llamé a Alejandro histérica.
—¿Me estás vigilando?
—Claro. ¿Dónde coño andas?
—Comprando. ¡No puedo ni salir a la calle!
—Vuelves ahora mismo.
Llegué llorando de frustración y rabia, me abrió la puerta, me miró y dijo:
—Cuando llores que sea por algo que valga la pena.
Al otro día una fan consiguió mi número, me mandó audios por W******p:
“Zorra, déjalo, Alejandro es mío, te voy a encontrar y te voy a cortar esa cara de plástico.”
Se lo enseñé. Alejandro borró los mensajes y dijo:
—No contestes, punto.
Esa noche dormí en la habitación de invitados, cerré con seguro, él golpeó la puerta hasta las tres de la mañana.
—¡Abre, Sofía! ¡No me dejes fuera como a un estúpido!
Lo que no esperé sucedió días después, estábamos en el penthouse tomando café cuando sonó el timbre, cuando una empleada fue a abrir, entró Candela.
Estaba vestida como si fuera a una discoteca, con una falda cortísima negra y top escotado, llevaba tacones de aguja, y labios pintados de un rojo exagerado, se había enterado de dónde vivíamos por las revistas y había venido “a saludar a su hermanita.”
—Hola, Sofi —dijo con una sonrisa de víbora, abrazándome delante de Alejandro— cuánto tiempo, y este debe ser el famoso Alejandro Ruiz.
Se giró hacia él, le tendió la mano y se acercó más de lo necesario, le rozó el brazo con las tetas al darle dos besos.
—Encantada, mi hermana siempre tuvo buen gusto, pero esto… madre mía.
Alejandro sonrió educado, pero noté que se le quedó mirando un segundo de más.
—¿Quieres tomar algo? —le preguntó él.
—Uy, sí, un gin-tonic estaría genial —dijo Candela, sentándose en el sofá y cruzando las piernas para que se le viera todo.
Yo me quedé helada.
Durante la media hora que estuvo allí, Candela no paró, se reía fuerte, le tocaba el brazo cada dos por tres, le contaba anécdotas de cuando éramos pequeñas pero cambiadas para quedar ella como la divertida y yo como la sosa.
—Sofi siempre fue la estudiosa, la responsable, yo era la que salía de fiesta y ligaba con todos —dijo, mirándolo a los ojos— algunas cosas no cambian.
Alejandro se reía, el muy imbécil se reía de verdad, y yo sentía que me hervía la sangre.
En un momento, Candela se levantó “por hielo” y pasó por detrás de él, le puso las manos en los hombros y se inclinó para susurrarle algo al oído. Él sonrió y le dijo algo que no escuché.
Cuando Candela se fue, Alejandro cerró la puerta y se volteó hacia mí.
—Tu hermana es intensa.
—¿Te ha gustado? —le solté.
Se acercó, me agarró de la cintura y me pegó a él.
—¿Celosa?
—No me toques.
Me miró fijamente, y su sonrisa desapareció.
—No me hables así.
—¿Te parece normal que mi hermana venga a tirarte la caña delante de mí?
—Ha venido a saludar.
—¡Ha venido a follarte!
Se quedó callado por un segundo, luego me agarró del brazo, y me apretó fuerte.
—Cuidado con lo que dices, Sofía, eres mi novia por contrato, no mi mujer, y mucho menos mi dueña.
Me soltó y se fue al despacho dando un portazo.
Esa noche no dormimos juntos, yo me encerré en la habitación de invitados y él no vino a buscarme.
Al día siguiente, Candela ya había vendido la exclusiva, la hermana de la novia de Alejandro Ruiz: “Siempre fuimos muy distintas, yo soy más abierta”. Había fotos suyas en lencería.
Alejandro leyó la revista en el desayuno, se molestó bastante.
—Tu hermana es una puta.
—Y tú qué te reías con ella —dije, con una sonrisa de satisfacción en el rostro.
Alejandro dejó su móvil en la mesilla, desbloqueado, justo cuando me le quedé mirando aparecieron en la pantalla mensajes de chicas, le enviaron fotos en tanga, “te echo de menos”, “cuando dejes a la mosquita muerta ven a verme”.
Lo enfrenté y se rio.
—¿En serio? ¿Tú me vienes con celos ahora?
—Son chicas que te escriben desnudas.
—Y tú eras escort, así que estamos en paz.
Aquello fue peor que una bofetada.
Esa noche hice la maleta en silencio, la escondí en el vestidor. Decidí que me iba, había soportado demasiados días, ya no podía más.
Alejandro se fue a una reunión temprano, yo aproveché para sacar la maleta al pasillo del servicio, donde nadie la viera, lloré mientras la cerraba. Me sentía atrapada, vigilada, humillada, sus fans me querían muerta y él me quería en una jaula dorada.
Y el día cuarenta fue el día que corrí.
Corrí por el pasillo arrastrando la maleta, ignorando los gritos de la empleada.
El taxi avanzaba por la Ronda Litoral, y yo miraba el mar, pensando que por fin era libre, de pronto, un Audi Q8 negro de lujo se nos puso delante y frenó de pronto.
El taxista pisó con fuerza los frenos, casi me golpeó, me agarré al asiento de delante.
—¡Demonios!
El coche negro bloqueó el carril, la puerta del conductor se abrió y bajó Raúl, el chófer de Alejandro.
Luego se abrió la puerta trasera y bajó él.
Vestía con un traje negro, su mala cara me dejaba ver que estaba furioso, tenía los ojos clavados en mí.
Esta vez sabía que no me iba a dejar ir tan fácil.







