El beso en el centro de su inmensa oficina de cristal me robó el oxígeno y cualquier atisbo de moralidad que aún intentara resguardar. Mis manos se aferraron a las solapas de su traje gris plomo, arrugando la tela carísima, mientras su lengua exploraba mi boca con una urgencia que no dejaba lugar a dudas: Alejandro no solo quería mi cuerpo, quería corromper mi alma hasta que tuviera exactamente el mismo tono de oscuridad que la suya.
Cuando finalmente se separó, el contraste entre el calor abra