Si esperaba un almacén lúgubre o un sótano lleno de matones, me equivoqué por completo. El Mercedes negro se detuvo frente a uno de los rascacielos más modernos e imponentes del distrito financiero.
Marcos, impecable y silencioso como siempre, nos abrió la puerta. Al entrar en el vestíbulo de cristal y acero, me di cuenta de la verdadera magnitud del imperio de Alejandro. Decenas de empleados con trajes caros caminaban de un lado a otro. Todos, absolutamente todos, bajaban la mirada o se aparta