El sonido metálico de Alejandro cargando el arma cortó el aire de la oficina como una guillotina. Fue un clic-clac seco, mecánico y definitivo.
Mis manos temblaban tanto que apenas pude deslizar mis pies de nuevo en los zapatos de tacón. Hasta hace tres minutos, yo era la reina de la sala de juntas, humillando a hombres que duplicaban mi edad con un discurso sobre márgenes de beneficio y control territorial. Ahora, la fachada de cristal de las finanzas se resquebrajaba para dejar paso a la carn