El trayecto desde el hotel Ritz hasta la clínica privada transcurrió en un silencio denso. Sentada en la parte trasera del Mercedes oscuro, con Marcos al volante, sentía que estaba cruzando un puente entre dos universos incompatibles. Llevaba un jersey de cuello alto de cachemira que había encontrado en el inmenso vestidor, estratégicamente elegido para ocultar la marca violácea que Alejandro me había dejado en la base del cuello.
El hospital privado no se parecía en nada a los pasillos abarrot