El olor a óxido, salitre y miedo rancio impregnaba el aire de la nave industrial abandonada en el puerto. Afuera, una lluvia fina y helada castigaba el techo de chapa, pero el sonido de las gotas quedaba ahogado por la respiración entrecortada y los sollozos patéticos del hombre atado a la silla metálica en el centro del almacén.
Navarro tenía el rostro desfigurado por los golpes previos. Su labio inferior estaba partido y un hilo de sangre espesa le manchaba la camisa de seda cara, la misma qu