La luz del amanecer se filtró a través de los pesados cortinajes de la suite 412 del hotel Ritz. Abrí los ojos lentamente, parpadeando ante la opulencia ajena de la habitación. No estaba en el ático de cristal y mármol negro, pero el peso del brazo de Alejandro sobre mi cintura era el mismo ancla de siempre.
Me giré con cuidado. Él ya estaba despierto.
Estaba tumbado de lado, con la cabeza apoyada en una mano, observándome en silencio. Su cabello oscuro estaba revuelto, perdiendo la rigidez imp