El silencio del ático era ensordecedor. Pasadas las dos de la madrugada, las luces de la ciudad parpadeaban a través de las inmensas cristaleras, ajenas a la tormenta que se desataba en mi interior. Estaba sentada en el sofá de cuero oscuro, con las rodillas abrazadas al pecho, esperando.
Cuando el zumbido del ascensor privado finalmente rompió la quietud, mi corazón dio un vuelco tan violento que me robó el aliento.
Las puertas de acero se abrieron y Alejandro dio un paso hacia el interior.
La