El vapor del agua caliente empañaba el espejo, difuminando el reflejo del hombre que, a medio metro de mí, parecía no tener nervios en el cuerpo.
Yo estaba detrás de la cortina de la ducha, con el corazón latiendo a un ritmo frenético contra mis costillas. Sabía que debía salir, secarme y enfrentar el día (y la presencia intimidante de mi huésped forzado), pero la humedad era un escudo.
—Tu mano en mi abdomen anoche... —Su voz rompió el silencio, baja y controlada, pero con una punzada de algo