El trayecto de regreso al ático fue un descenso silencioso hacia la oscuridad. Las palabras de Valeria y el documento que detallaba nuestra ruina legal flotaban entre nosotros como una neblina asfixiante. Al cruzar las puertas de titanio del búnker, la pesadez del mundo exterior pareció evaporarse, reemplazada por una tensión puramente nuestra, densa y peligrosa.
Me quité el abrigo y lo dejé caer en el suelo. Caminé hacia el ventanal, contemplando los rascacielos de Nueva York. Por primera vez