La orden de embargo del tribunal federal brillaba en la pantalla de mi tableta con la frialdad de una guillotina. En menos de diez minutos, la mitad del imperio que Adrián y yo habíamos defendido con sangre y fuego había quedado paralizada. Valeria Rivas no era un fantasma del pasado; era un tiburón legal que acababa de morder el corazón de Varela Global sin previo aviso.
—La firma de abogados Thorne & Asociados en el distrito financiero —anunció Clara a través del intercomunicador, su voz aún