Sesenta segundos. El segundero digital parpadeaba en las pantallas de mi propia oficina con la frialdad de una guillotina a punto de caer. Victoria Belmont nos miraba desde mi sillón presidencial, sosteniendo la copa de whisky con una fijeza desquiciada, saboreando el aroma del pánico que creía haber sembrado en nosotros.
Abajo, el eco distante de las sirenas federales comenzaba a rebotar contra los cimientos de la torre de Varela Global.
—No nos vas a encerrar en nuestro propio edificio, Victo