El cañón del arma de Agustín no flaqueaba. Entre el humo de las granadas y el retumbar de los disparos en el patio, el Interventor Federal del Departamento de Justicia parecía dispuesto a arrastrar la legalidad de su cargo al lodo con tal de saciar su obsesión.
Antes de que el dedo de Agustín apretara el gatillo contra la espalda de mi esposo, di un paso firme y me interpuse directamente en su línea de fuego. Cubrí el cuerpo de Adrián con el mío, clavando mis ojos grises en el cañón que apuntab