El nombre de Isabel Rivas parpadeaba en la pantalla como una maldición digital. Miré las líneas de código de la subasta una y otra vez, buscando el error, el fallo en el algoritmo de Valeria, pero el certificado biométrico no mentía. El imperio de Nueva York no nos había sido arrebatado por un fondo buitre ni por los restos de la banca suiza. Había sido comprado por la mujer que me enseñó a caminar entre tiburones. Mi madre adoptiva. La misma mujer a la que Adrián y yo enterramos meses atrás en