El fuego comenzó a devorar el despacho presidencial de Isabel con una rapidez voraz, alimentado por el barniz de las viejas estanterías de caoba y los miles de legajos acumulados durante décadas de secretos financieros. La cortina de llamas, de un azul y naranja casi espectrales, ascendió verticalmente por las paredes de piedra de la fortaleza de Terranova, devorando tapices y documentos históricos mientras el aire se saturaba de un humo denso, negro e inconfundible que reducía la visibilidad a