El club de campo de Long Island brillaba bajo la luz de la tarde con esa opulencia discreta y exclusiva que caracteriza a los verdaderos santuarios del poder financiero en Nueva York. En un reservado de caoba y cristales blindados, lejos de las miradas de la prensa y protegidos por un discreto cordón de seguridad privada, los cinco principales inversores de Wall Street —la llamada Mesa Redonda del mercado financiero neoyorquino— disfrutaban de una cena privada. Celebraban lo que los analistas y