El destello de los flashes fotográficos de la prensa iluminaba el gran salón del Met, transformando la escena del arresto del juez Vance en una ejecución pública. Sin embargo, toda mi atención estaba fija en la insignia dorada que Agustín portaba en la solapa de su abrigo. El protector gélido de Ginebra, el hombre que me había robado un beso en la penumbra de una limusina alpina, acababa de cruzar el océano para confiscar mi vida.
—Estás fuera de tu jurisdicción, Agustín —siseé, dando un paso a