La risa de Humberto Ríos rebotó contra los inmensos ventanales del ático, grotesca y triunfal a pesar de tener las muñecas esposadas.
—«Ya está dentro de su maldita casa».
La frase se incrustó en mi mente, paralizando el aire en mis pulmones. Adrián no esperó a que los agentes federales reaccionaran. Se abalanzó sobre el estafador, tomándolo por el cuello de su esmoquin de diseño, levantándolo varios centímetros del suelo con una fuerza aterradora.
—¿De qué estás hablando, escoria? —gruñó Adriá