El vestido de seda blanca caía sobre mi cuerpo no como un símbolo de pureza, sino como una armadura de hielo. Frente al espejo del ático, mi reflejo me devolvía la mirada de una mujer que había cruzado el umbral del miedo para abrazar la letalidad pura.
Clara ajustó el cierre a mi espalda, sus manos moviéndose con precisión.
—El juez civil ya está en la sala —susurró mi abogada, entregándome un ramo de orquídeas blancas que escondía un diminuto micrófono en el tallo—. La fiscalía y los agentes