El eco de la amenaza de Dante se desvaneció en el subsuelo, dejando una quietud asfixiante en La Bóveda.
Adrián pateó la silla de acero del escritorio principal con una fuerza brutal, enviándola a estrellarse contra los servidores vacíos. Su respiración era pesada, errática. El depredador había sido acorralado en su propia guarida.
—Voy a reunir al equipo de asalto —gruñó Adrián, dirigiéndose hacia la salida con los puños cerrados—. Cerraremos el puerto viejo. Si Dante cree que puede respirar e