La sala de juntas de Varela Global ocupaba todo el piso 28 del edificio principal. Paredes de vidrio, mesa larga de ébano y doce hombres y mujeres trajeados que me miraban como si fuera un animal exótico recién capturado.
Adrián entró primero, con su habitual aura de poder absoluto. Yo lo seguí un paso atrás, vestida con un traje blanco impecable, tacones altos y el cabello recogido en un moño severo. Llevaba el anillo de casada —el que él me había dado esa misma mañana sin previo aviso— brilla