El silencio en la habitación del hospital era tan denso que hasta los monitores parecían sonar más fuerte.
Mi padre, pálido y conectado a cables, nos miraba a los dos con una mezcla de cansancio y determinación. Adrián seguía congelado a mi lado, su mano apretando la mía con tanta fuerza que casi dolía.
—¿Qué dijiste? —preguntó Adrián con voz peligrosamente baja.
Ernesto Rivas respiró hondo, como si cada palabra le costara la vida.
—Laura Varela descubrió que tu padre, Santiago Varela, estaba d