La noche cayó como un manto negro sobre la mansión. Después del beso desesperado en mi habitación, Adrián y yo no volvimos a hablar de la caja vacía. En cambio, nos perdimos el uno en el otro con una urgencia casi violenta, como si el placer pudiera ahogar el miedo y la desconfianza.
Pero el miedo no se ahogaba tan fácilmente.
A las 3:17 de la madrugada, mi teléfono vibró sobre la mesita de noche. Adrián dormía profundamente a mi lado, con un brazo posesivo alrededor de mi cintura. Me estiré co