La reunión del consejo había terminado hacía apenas una hora, pero la tensión en el auto de regreso a la mansión era aún más espesa que en la sala de juntas. Adrián conducía él mismo por primera vez en mucho tiempo. Sus manos apretaban el volante con fuerza, y cada pocos segundos sus ojos se desviaban hacia mí.
—No me mires así, Varela —dije sin poder evitarlo, cruzando las piernas en el asiento del copiloto.
Él soltó una risa baja y oscura.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras detenerme el auto aquí