Llegué a la mansión pasadas las diez de la noche, con el corazón latiendo desbocado y el USB de Beatriz quemándome en el bolsillo. Me temblaban las manos. Apenas había cerrado la puerta principal cuando sentí su presencia.
Adrián estaba de pie en el centro del salón principal, todavía con el traje de la reunión, pero sin corbata y con los primeros botones de la camisa abiertos. Su expresión era oscura, peligrosa. Celos puros brillaban en sus ojos.
—¿Dónde estabas? —preguntó con voz baja y contr