La prometida desechada

El anillo todavía giraba sobre la mesa cuando entendí que mi nuevo matrimonio acababa de explotar antes de llegar a la primera hora.

La mujer rubia no era solo hermosa. Era de esas mujeres que entran a un lugar y esperan, con razón, que todos lo noten. Perfectamente vestida, perfectamente peinada, perfectamente furiosa.

Y estaba mirando a Adrián como si quisiera arrancarle el corazón con las manos.

—Responde —exigió ella—. O prefieres que se entere por los periódicos que ayer me jurabas una vida y hoy te casaste con otra?

Mi mirada voló hacia él.

—¿Ayer?

Adrián apretó los dientes.

—Valeria, sal de aquí.

—No hasta que me des una explicación.

—No te la debo.

La humillación subió por mi garganta como veneno.

—No, espera —intervine, sin apartar los ojos de él—. Creo que sí la debe. Al menos a su esposa de hace… ¿cuánto? ¿Veinte minutos?

Valeria soltó una risa amarga.

—Pobrecita. ¿No te lo dijo? Qué decepción. Adrián siempre fue mejor manipulando que amando.

La frase me golpeó por razones que odié.

Porque una parte de mí sí recordaba al hombre que alguna vez me había mirado como si fuera lo único real en su mundo.

Y otra parte me gritaba que era una idiota por recordar cualquier cosa.

—Valeria —dijo Adrián, peligrosamente sereno—. Una palabra más y te arrepentirás.

—¿Me amenazas? —dio un paso hacia él—. Adelante. Hazlo igual que hiciste todo lo demás: detrás de una firma, una mentira y un guardaespaldas.

—No la amenaces delante de mí —espeté antes de pensar.

Ambos me miraron.

Valeria levantó una ceja.

—Vaya. La esposa ya quiere jugar a defenderlo.

—No lo defiendo. Solo odio a los cobardes que golpean cuando ya hay sangre en el piso.

Sus labios se apretaron.

Bien.

Yo también sabía morder.

—Entonces escucha esto, Elena Rivas —dijo ella, clavándome los ojos—. Tu marido llevaba meses negociando una unión empresarial con mi familia. Una boda por conveniencia, claro. Nada muy distinto a lo que acaba de hacer contigo. Salvo que yo sí conocía las reglas del juego.

Mi estómago se tensó.

—¿Es verdad?

Adrián tardó un segundo demasiado largo en responder.

—Había conversaciones.

—Qué palabra tan limpia para decir “tenía otra novia”.

—No era mi novia.

Valeria se echó a reír.

—No, claro. Solo me diste un anillo, me presentaste a tu consejo y me pediste mantener discreción hasta cerrar la fusión.

Me crucé de brazos para evitar temblar.

—Perfecto. Me casé con un mentiroso corporativo. Qué sorpresa.

Adrián se volvió hacia mí.

—Tú y yo hablaremos esto en privado.

—No. Aquí. Ahora. Ya me usaste suficiente por hoy.

Por primera vez vi un destello de frustración real en su rostro.

Eso me dio una satisfacción pequeña y miserable.

Valeria tomó su bolso.

—No necesito quedarme a ver cómo se hunden. Solo vine a devolverle esto al hombre que me convirtió en un negocio fallido.

Señaló el anillo sobre la mesa.

Antes de salir, me sostuvo la mirada.

—Ten cuidado, Elena. Adrián nunca hace nada sin una segunda intención. Si te eligió a ti, no fue por amor. Fue por destrucción.

La puerta se cerró de golpe.

El silencio que dejó atrás era espeso, incómodo, venenoso.

Me volví hacia Adrián.

—¿Cuántas capas de basura tiene este matrimonio?

—Más de las que soportarías si te las digo todas hoy.

—Inténtalo.

—No.

—Por supuesto.

Agarré mi bolso y me encaminé a la salida.

Su mano se cerró alrededor de mi muñeca.

Instintivamente me puse rígida.

Él lo notó y me soltó enseguida.

—Tenemos cámaras afuera. Si sales así, la prensa olerá el conflicto. Y si olemos a conflicto, perdemos el único escudo que te protege en este momento.

—No me toques.

—Ya te solté.

—No vuelvas a hacerlo.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Entonces deja de huir cada vez que la verdad se complica.

—¿La verdad? ¿Cuál de todas? ¿La de tu prometida? ¿La de mi padre? ¿La de hace siete años? ¿La de anoche? ¿O la de esta mañana, cuando me convertiste en tu esposa sin darme la historia completa?

La vena de su mandíbula latió.

—La de que estás viva políticamente solo porque firmaste conmigo.

El golpe fue preciso.

Y cruel.

—Te odio —repetí.

—Todavía no lo suficiente.

Esa respuesta me dejó helada.

Se acercó a la mesa, tomó el anillo de Valeria y lo guardó en el bolsillo como si no pesara nada.

—Vamos.

—¿A dónde?

—A casa.

—No tengo casa contigo.

—Ahora sí.

Dos horas después, entendí que “casa” para Adrián Varela significaba una mansión de vidrio, mármol y acero suspendida sobre la ciudad, tan fría y perfecta como él.

No parecía habitada por seres humanos.

Parecía diseñada para recordarles a todos que había dinero suficiente como para que el calor fuera opcional.

El personal nos recibió en silencio. Demasiado entrenado para sorprenderse, demasiado bien pagado para juzgar.

Una mujer elegante, de unos cincuenta años, se acercó.

—Señor Varela. Señora Varela.

Quise corregirla.

No lo hice.

Aún.

—Matilde dirigirá todo lo que necesites aquí —dijo Adrián.

—No necesito nada.

—Necesitas descansar.

—Necesito la verdad.

—Necesitas no derrumbarte antes de cenar.

Lo fulminé con la mirada.

Matilde intervino con suavidad profesional.

—Su habitación está lista.

—Mi habitación —dije—. En singular.

Adrián no discutió.

Eso me desconcertó.

Matilde me condujo al segundo piso. El cuarto era enorme, sobrio, lujoso y tan impecable que me resultó ofensivo. Sobre la cama había ropa nueva, artículos de aseo, zapatos, hasta un maldito bolso.

Volví a bajar con la furia reactivada.

Adrián estaba en el estudio, leyendo algo en una pantalla.

—¿Me compraste ropa?

—No tenías equipaje.

—No soy una muñeca que puedas instalar en tu casa.

—No. Eres un problema legal al que intento mantener fuera del desastre.

Entré al estudio y cerré la puerta.

—Vamos a establecer algo desde ahora. No vas a hablarme como si me hubieras recogido de un incendio.

—Te recogí de uno.

—Tú lo encendiste.

Se levantó despacio.

—No todo.

—Qué alivio.

Saqué el teléfono y lo levanté frente a él.

—Quiero saber quién me llamó.

—Mi equipo rastrea el número.

—Quiero saber por qué tu prometida apareció de la nada.

—Porque alguien le informó.

—¿Quién?

—Aún no lo sé.

—Quiero saber qué le hizo mi padre al tuyo… o a ti.

Un silencio duro cayó entre los dos.

Entonces Adrián abrió un cajón del escritorio, sacó un sobre viejo y me lo tendió.

Lo miré sin tocarlo.

—¿Qué es?

—Lo primero que no debiste ignorar hace siete años.

Tomé el sobre.

Dentro había una copia escaneada de una transferencia bancaria.

El remitente: Ernesto Rivas.

El destinatario: Adrián Varela.

Concepto: acuerdo de desvinculación personal y académica.

Mi mundo se inclinó.

—No…

—Sí.

—Eso no prueba nada.

—Pasa la página.

Había otra hoja.

Un informe disciplinario falso de la universidad.

Fraude académico.

Mi nombre mencionado tangencialmente.

Su nombre en el centro.

Sanción inmediata.

Expulsión.

Me temblaron las manos.

—Esto…

—Tu padre necesitaba sacarme de tu vida y de su camino.

—Mientes.

—Entonces pregúntale cuando despierte.

Quise romper los papeles. Quise gritarlos. Quise negar lo evidente.

Pero no pude.

Porque la firma al pie era real.

La conocía.

Era la de mi padre.

La puerta del estudio se abrió de golpe.

Uno de los hombres de seguridad entró con el rostro tenso.

—Señor, tenemos un problema.

Adrián giró.

—Habla.

—Acaban de publicar un video.

Sentí un mal presentimiento inmediato.

El guardia me mostró la pantalla del teléfono.

Era un fragmento de la gala.

Mi padre cayendo.

Yo llorando.

Adrián junto a mí.

Y una edición manipulada de audio donde parecía decir:

“Acepta la boda o verás a tu padre morir.”

Se me heló la sangre.

—Eso no pasó —susurré.

—Lo sé —dijo Adrián, pero ya estaba marcando un número—. Quiero el origen, el editor, la cuenta y el responsable en una hora.

Mi garganta se cerró.

No solo querían acusarme.

Querían convertir a Adrián en un monstruo público… y a mí en la mujer obligada a casarse con él.

Lo miré.

Y por primera vez, tuve una duda aterradora:

¿Qué pasaba si él no era el único enemigo en esta historia?

Porque alguien estaba jugando con nosotros dos.

Y acababa de declarar la guerra.

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