Las puertas de titanio de la sala de juntas se abrieron con un siseo hidráulico. El silencio en el piso ochenta era tan absoluto que se podía escuchar la lluvia golpeando contra los inmensos ventanales.
Adrián y yo cruzamos el umbral bajo el parpadeo escarlata de las luces de emergencia. Éramos la viva imagen de la venganza: nuestros abrigos estaban desgarrados y manchados de hollín, nuestra piel cubierta por una fina capa de ceniza y fango, pero caminábamos con la letalidad sincronizada de dos