El calor era una bestia viva que nos devoraba el oxígeno. El estruendo de las vigas de mármol colapsando resonó en mis huesos, pero el único peso real que sentía era el del cuerpo de Adrián, aplastándome contra el suelo de piedra, escudándome de la lluvia de escombros ardientes.
Levanté la cabeza tosiendo. El humo negro era espeso y venenoso.
—¡Elena! —el grito de Adrián desgarró el rugido del incendio. Sus manos, manchadas de hollín y sangre, tomaron mi rostro con una desesperación salvaje—. ¿