El clic metálico de las esposas cerrándose alrededor de mis muñecas resonó en la sala de juntas como un disparo.
El mundo pareció congelarse. Adrián entró en un estado de furia depredadora instantáneo; sus ojos negros se vaciaron de cualquier rastro de humanidad y el cañón de su arma se clavó firmemente debajo de la mandíbula del Inspector Laurent. Los agentes de la Interpol amartillaron sus fusiles tácticos en respuesta, apuntando al pecho de mi marido. Un solo movimiento en falso y la sala de