La primera noche del contrato

A las nueve de la noche, yo seguía sentada en el borde de una cama que no era mía, en una casa que no era mía, con un apellido recién firmado que no sentía mío.

Y, sin embargo, la ciudad ya me llamaba por él.

Las redes explotaban.

Los medios se habían dividido en dos bandos: los que decían que Adrián Varela me había salvado y los que juraban que me había comprado.

Ninguno sabía la verdad.

Yo tampoco.

Matilde había subido una bandeja con comida hacía una hora. No la toqué.

Tenía el sobre con los documentos de hace siete años abierto a mi lado, como si leerlo veinte veces más fuera a cambiar algo.

No lo hizo.

La transferencia seguía ahí.

El informe falso seguía ahí.

La firma de mi padre seguía ahí.

Y eso dolía más que cualquier crueldad de Adrián.

Porque un enemigo te destruye desde afuera.

Pero un padre te rompe desde adentro.

Alguien llamó a la puerta.

—Pase.

Adrián entró sin corbata y con las mangas de la camisa recogidas hasta los antebrazos. Se veía menos impecable, más cansado… y por eso mismo más peligroso. Un hombre como él daba más miedo cuando parecía humano.

Su mirada bajó al plato intacto.

—No has cenado.

—No tengo hambre.

—Necesitas comer.

—No me des órdenes en mi primer día de cautiverio.

Cerró la puerta detrás de sí.

—No vine a pelear.

—Entonces te equivocaste de habitación.

Se quedó en silencio unos segundos.

—El video ya fue denunciado. Mis abogados van a tumbarlo.

—Pero ya circuló.

—Sí.

—Y ahora el mundo cree que me casé con un hombre que amenazó con matar a mi padre.

—No me importa el mundo.

Lo miré con amargura.

—A mí sí debería importarme. Porque es mi reputación la que ha sido despedazada.

—Tu reputación puede reconstruirse.

—Mi vida no.

Eso sí lo golpeó. Lo vi en sus ojos.

Bien.

Quería que algo le doliera.

Se acercó hasta una distancia prudente.

—El número anónimo salió de un servidor enrutado. Profesional. No fue improvisado.

—Qué tranquilizador.

—Y la filtración fiscal tampoco. Hay gente con acceso interno.

—¿En tu empresa o en la mía?

—En ambas, probablemente.

La idea me dejó fría.

—Entonces sí estamos en guerra.

—Sí.

—Y aun así me casé con el hombre al que más razones tengo para odiar.

Sus ojos se clavaron en mí.

—No soy la única razón por la que lloraste hoy.

Eso me atravesó.

—No te atrevas a hablar de mi padre.

—Él te usó.

—Y tú también.

—No por las mismas razones.

Me puse de pie.

—No me importa. El resultado sigue siendo que ahora vivo bajo tu techo, con tu apellido, siendo observada por tus empleados, perseguida por mis enemigos y sin saber si duermo al lado de quien me salvará o me rematará.

Por primera vez desde la boda, Adrián se acercó un poco más.

No lo suficiente para tocarme.

Sí lo suficiente para que sintiera su presencia como una pared de calor contenida.

—No vas a dormir a mi lado.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Tu habitación tiene cerradura biométrica interna. Nadie entra sin tu autorización. Hay dos guardias en el pasillo. Matilde solo subirá si la llamas. Y mañana por la mañana te reunirás con mi equipo legal y con una investigadora privada.

No esperaba eso.

Lo odié todavía más por no encajar limpiamente en el papel del villano.

—¿Por qué haces esto?

—Porque si alguien te toca, todo esto pierde sentido.

—Ahí está otra vez —susurré—. Esa forma tuya de hablar como si esto fuera más que una empresa.

Su respiración cambió apenas.

—Lo es.

El corazón me dio un golpe traicionero.

—Entonces dime la verdad.

—No toda esta noche.

—Cobarde.

—Prudente.

—Mentiroso.

—También.

Quise apartar la vista. No pude.

Había algo insoportable en tenerlo tan cerca y recordar, a pesar de todo, cómo era sentirse segura entre sus brazos cuando ambos éramos jóvenes y estúpidos.

Eso me enfureció conmigo misma.

—Sal —dije.

—Necesitas algo antes?

—Sí. Que desaparezcas.

Sus labios casi sonrieron, pero la sombra que cruzó por sus ojos no era humor.

—Eso ya lo hice una vez. No salió bien para ninguno.

Tragué saliva.

—No uses el pasado para manipularme.

—No lo necesito. El pasado ya nos está manipulando solo.

Un golpe seco sonó abajo.

Después otro.

Y otro.

Adrián giró la cabeza de inmediato.

Su teléfono vibró al mismo tiempo.

Lo sacó. Leyó el mensaje. Su expresión se volvió de hielo.

—Qué pasa? —pregunté.

No respondió enseguida.

Se acercó a la ventana y corrió apenas la cortina.

Luces. Muchas luces.

Destellos.

Cámaras.

Un enjambre de periodistas en la entrada principal.

—Nos encontraron —dijo.

—¿Cómo?

—Demasiado rápido.

Sentí un vuelco en el estómago.

—No pueden entrar, ¿verdad?

—No.

Pero su tono no me tranquilizó.

Bajamos juntos al primer piso. Los golpes en la reja exterior sonaban más fuertes. Voces. Preguntas gritadas. Flashes.

Uno de sus hombres de seguridad hablaba por radio.

—Señor, hay otra situación.

Adrián tensó el cuerpo.

—Habla.

—Llegó una mujer. Insiste en verlo. Dice que no se irá hasta hablar con su esposa.

—¿Quién? —pregunté.

El guardia dudó.

—Dice ser… la madre del hijo del señor Varela.

El silencio se hizo mortal.

Giré muy despacio hacia Adrián.

Él no dijo una palabra.

No lo negó.

Y algo dentro de mí se partió con una violencia silenciosa.

—Dime que es mentira —susurré.

Sus ojos encontraron los míos.

Demasiado oscuros.

Demasiado serios.

Demasiado tarde.

Y entonces comprendí que mi primera noche como esposa por contrato no terminaba con una amenaza, ni con un beso robado, ni con una reconciliación imposible.

Terminaba con algo mucho peor:

La sospecha brutal de que me había casado con un hombre del que todavía no sabía ni la mitad.

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