A las siete de la mañana ya estaba frente a la puerta doble de caoba oscura que separaba el ala privada de la mansión del despacho principal de Adrián.
Matilde me había advertido la noche anterior, con voz suave pero firme: —Señorita Elena, el señor Varela no permite que nadie entre en su oficina sin su permiso expreso. Ni siquiera yo.
Pues hoy iba a romper esa regla.
Después de la llamada anónima de anoche y de las palabras de Adrián en el pasillo, no podía esperar más. Necesitaba respuestas.