Después de la cena, subí a mi habitación con el cuerpo todavía temblando por el beso. Me di una ducha fría, pero ni el agua helada logró apagar el fuego que Adrián había encendido. Me puse un camisón de seda negro y me senté en la cama, mirando la puerta que conectaba mi habitación con la suya.
Sabía que estaba al otro lado. Podía sentir su presencia incluso a través de la pared.
Pasaron casi cuarenta minutos hasta que escuché sus pasos en el pasillo. La puerta de su habitación se abrió y se ce