El teléfono vibró sobre la mesita de noche a las 2:17 de la madrugada.
Yo apenas había conciliado el sueño. El vestido rojo seguía tirado en el sillón, la carpeta negra del contrato abierta sobre el escritorio y las palabras de Adrián repitiéndose en mi cabeza como un eco que no se callaba.
Tomé el móvil con mano temblorosa. Número desconocido. Otra vez.
Dudé un segundo antes de contestar.
—¿Sí?
La voz al otro lado estaba distorsionada, igual que la primera vez. Grave, mecánica, imposible de id