Salí de la oficina de Adrián con el corazón latiendo en la garganta y la carpeta aún quemándome en las manos. No llegué muy lejos. Matilde estaba esperándome al final del pasillo, con su uniforme impecable y esa expresión serena que nunca revelaba nada.
—Señora Varela —dijo con voz suave pero firme—, el señor me pidió que la acompañara a desayunar. Y que luego habláramos.
No era una sugerencia. Era una orden disfrazada de cortesía.
La seguí hasta la terraza privada del segundo piso. El sol de l