La amenaza de Victoria Belmont quedó suspendida en la penumbra del pasillo de los espejos como un anuncio de una venganza irreversible. El reflejo de su vestido de pedrería esmeralda y el frasco de cristal opaco alzándose hacia mi rostro creaban una composición macabra contra los cristales barrocos del corredor. Mi mente legal calculó los segundos de reacción en un vacío absoluto; no había espacio para el pánico, solo para la fría medición del peligro que acechaba al futuro de mi dinastía.
Ante