El cuerpo sin vida de Silas Thorne yacía sobre la alfombra persa, sus ojos grises fijos en el techo y su rostro distorsionado por la agonía del infarto. Sin embargo, el silencio que llenaba el despacho no era de paz, sino el eco ensordecedor de su última revelación.
Una hermana.
Me quedé paralizada, mirando el cadáver del banquero. El aire se volvió pesado, casi irrespirable. Treinta años creyendo que estaba sola en el mundo, treinta años endureciendo mi corazón hasta convertirlo en un diamante