Silas Thorne miró la carpeta roja que Adrián acababa de arrojar sobre su escritorio como si fuera un artefacto explosivo a punto de detonar. Sus manos temblaban. La escasa luz de la luna que se filtraba por el ventanal iluminaba el terror absoluto que comenzaba a desfigurarle el rostro.
El peso del brazo de Adrián alrededor de mi cintura era un ancla sólida e inquebrantable, una manifestación física del frente letal que conformábamos.
—¿Qué... qué significa esto? —tartamudeó Silas, retrocediend