Los días siguientes a la propuesta fueron los más extraños de nuestra existencia. Nueva York, y por extensión el mundo entero, se preparaba para la "Boda del Siglo", un evento que ya no se planeaba por estrategia o miedo, sino por la simple y pura ostentación de nuestra victoria. Pero dentro de las paredes de nuestro ático, el ruido del mercado se había convertido en un susurro lejano.
Adrián y yo nos dedicamos a una forma de sanación que nunca creí posible. Pasábamos horas frente al ventanal,