El silencio en la Torre Varela no era el silencio de la ausencia, sino el de una reverencia absoluta. A estas horas de la madrugada, los pisos de oficinas, que durante meses habían sido el epicentro del caos, la traición y la estrategia despiadada, estaban sumidos en una paz casi sagrada.
Adrián me guiaba de la mano, con sus pasos firmes resonando sobre el mármol negro del vestíbulo. A medida que ascendíamos por el ascensor privado hacia la planta ejecutiva, sentí una extraña punzada en el pech