La corte de distrito de Manhattan estaba en silencio, un silencio que vibraba con la electricidad estática de un juicio que no era tal, sino una ejecución pública de voluntades. El juez Harrison, un hombre de rostro adusto y reputación de incorruptible, presidía la vista con una rigidez que escondía, para quien supiera mirar, el sudor frío de quien está cumpliendo una orden impuesta.
Me puse de pie. Mi traje sastre blanco era la única nota de luz en la penumbra cargada de la sala. Mi cuerpo, aú