La luz pálida de la pantalla del teléfono proyectaba sombras alargadas sobre las sábanas de seda. Mis ojos recorrían la fotografía una y otra vez, buscando un error de edición, un píxel fuera de lugar que me permitiera aferrarme a la mentira en la que había basado toda mi existencia.
Pero no había manipulación. Era Ernesto Rivas, mi padre, con diez años menos, estrechando la mano de una joven Victoria Sterling. Y entre ellos, sobre una mesa de caoba, un maletín abierto rebosante de documentos f