A las ocho en punto de la mañana, el cielo sobre Ginebra era una bóveda de plomo. Cruzamos las puertas del Sterling Trust & Capital con la sincronía letal de dos ejecutores. No éramos presas caminando hacia el matadero; éramos el matadero mismo.
El ascensor privado nos elevó hasta el último piso en un silencio sepulcral. Adrián no me soltó la mano ni un segundo. Su pulgar acariciaba mis nudillos, no para calmarme, sino como una promesa física de la destrucción que estábamos a punto de desatar.