El jet privado de Varela Global, ahora legalmente bajo mi absoluto dominio, cortaba el cielo europeo en dirección a Mónaco. Según los rastreadores de emergencia que Adrián había implantado en secreto en los dispositivos de Victoria años atrás, la viuda negra no se había quedado en Ginebra para ver arder nuestro imperio. Confiada en su victoria y en los millones robados, había volado a su villa de seguridad en la Costa Azul.
Sentada frente al escritorio de caoba de la cabina, repasé los document