El eco metálico de la puerta de la sala de interrogatorios cerrándose a mis espaldas fue el pistoletazo de salida. Tenía menos de veinticuatro horas antes de que un juez federal suizo formalizara los cargos contra Adrián, momento en el cual el caso se volvería de dominio público y las acciones de Varela Global se desplomarían, incluso siendo yo la única dueña.
El Inspector Laurent me esperaba al final del pasillo aséptico, apoyado contra la pared de concreto, revisando su reloj.
—Sus diez minut