Las pesadas puertas de cristal esmerilado no se abrieron; estallaron.
Una docena de agentes tácticos fuertemente armados inundaron la oficina de obsidiana. Los puntos rojos de los láseres de sus rifles barrieron la habitación hasta fijarse en el pecho de Adrián. La precisión fue milimétrica, una coreografía de asalto que dejó claro que no venían a negociar.
—¡Manos donde pueda verlas! —gritó uno de los agentes en perfecto francés, avanzando con el arma en alto.
Adrián no levantó las manos de in