El silencio en la oficina de obsidiana era absoluto, roto únicamente por la respiración entrecortada de Mateo, quien seguía arrodillado en el suelo, aferrado a su teléfono inútil.
Victoria Sterling me observó fijamente. La sonrisa macabra había desaparecido de su rostro esculpido. Por primera vez, la viuda negra entendió que no estaba lidiando con una niña asustada ni con una esposa en duelo, sino con una mujer que acababa de asimilar la oscuridad de su propio marido.
—Palabras valientes para a