El muelle viejo olía a sal, óxido y muerte.
Santiago Varela estaba de pie frente a mí, con una pistola en la mano y una sonrisa que helaba la sangre. A sus pies, Adrián estaba de rodillas, con las manos atadas a la espalda y una herida sangrando en la sien. Nuestras miradas se encontraron. En sus ojos vi miedo… pero también una determinación feroz.
—Suéltalo —exigí, con la voz temblando pero firme—. Esto es entre tú y yo.
Santiago soltó una risa baja y cruel.
—Qué valiente se ha vuelto mi nuera