El aire de la superficie sabía a libertad, pero olía a derrota.
Emergimos por una salida de emergencia en un callejón industrial a tres manzanas de la iglesia. El estruendo de la explosión subterránea aún vibraba en las suelas de mis zapatos, un recordatorio físico de que el mundo que conocíamos —el de los rascacielos de cristal, las juntas de accionistas y las firmas notariales— acababa de saltar por los aires.
Adrián me soltó el brazo solo cuando se aseguró de que mis pies pisaban asfalto fir