El reloj marcaba las 9:47 de la mañana.
Quedaban exactamente trece minutos para que Adrián tuviera que salir hacia el muelle viejo.
La mansión estaba en silencio absoluto. Solo se escuchaba el tic-tac del reloj del salón y mi propio corazón latiendo con fuerza. Adrián estaba frente al espejo, ajustándose el chaleco antibalas debajo de la camisa negra. Su expresión era de acero, pero yo veía el dolor en sus ojos.
—No vayas solo —supliqué por enésima vez, parada detrás de él—. Lleva al menos dos